En algún punto de la madrugada, cuando el sueño apenas roza los párpados y la oscuridad pesa más que el cansancio, un pelotero de la Serie Nacional abre los ojos con un pensamiento que lo atormenta: “Ojalá suspendan esta Serie”. No lo dice por falta de amor al béisbol —ese amor lo sostiene desde niño— sino porque la vida, tal como la está viviendo, se ha vuelto una carrera de resistencia sin meta visible.
Su voz, quebrada y agotada, retrata la crudeza de un país donde incluso los atletas, históricamente símbolos de orgullo nacional, sobreviven en condiciones que rozan lo inhumano.
“A veces me levanto después de casi no dormir y lo primero que me viene a la mente es desear que suspendan esta Serie Nacional”, confiesa. “A cualquiera se le van las fuerzas con esta situación tan dura”.
EL JUEGO MÁS DIFÍCIL SE JUEGA FUERA DEL ESTADIO
Durante la temporada, la vida mejora “un poquitico”, dice. Pero ese alivio es mínimo frente a la angustia que lo acompaña a cada entrenamiento. Su mayor miedo no está en el terreno, sino en su casa.
“Mi familia estará sola, sin corriente. Me da pavor que alguien intente entrar y llevarse lo poco que he conseguido con tanto sacrificio”.
La precariedad cotidiana es un rival que no descansa:
la comida debe comprarse a diario, el agua hay que cargarla, los precios —según él— “están más altos que en Dubái”, y el salario no alcanza “ni para comprar un mazo de lechuga”.
Pero quejarse no es una opción.
“Aquí no puedes molestarte ni protestar porque te tildan de lo peor y te complican la vida en un dos por tres. Hay que sufrirlo todo en silencio”.
UN EQUIPO ENTERO AL BORDE DEL COLAPSO
Algunos podrían sugerirle que deje de jugar. Él responde con una mezcla de resignación y tristeza:
“Ojalá fuera solo yo. La mayoría está igual. Solo se salvan los que han tenido la bendición de jugar en otras ligas”.
La incertidumbre por la posible ratificación de un director técnico con el que —asegura— “nadie se siente a gusto” añade otra capa de tensión a un ambiente ya desgastado.
Y la necesidad ha llegado a extremos dolorosos:
“Ya no me queda ni una media de béisbol para entrenar. He tenido que venderlo todo”.
EL PÚBLICO VE EL ERROR, NO LA VIDA DETRÁS
En el estadio, la afición exige. Reclama. Critica. Pero no ve lo que hay detrás de cada swing fallido o de cada error en el cuadro.
“Mira lo flacos que están algunos. Y aun así les exigen al máximo. Si fallan un batazo, les caen arriba. Pero nadie ve lo que vivimos fuera del terreno”.
Lo que más le duele, sin embargo, no es la presión deportiva. Es una imagen que lo persigue como una herida abierta:
“Ver a mi esposa cocinar con carbón o leña… eso me mata por dentro”.
LA LESIÓN DEL ALMA
El pelotero sabe que su postura puede parecer egoísta para algunos compañeros que quieren jugar “como sea”. Pero él no puede asegurar que no será sancionado si decide no participar. Tampoco quiere inventar una lesión física.
“La lesión que tengo es del alma”, dice, y en esa frase se condensa todo: el cansancio, la impotencia, el miedo, la tristeza y la sensación de estar atrapado en un juego que ya no se parece al que soñó de niño.
Por motivos de seguridad, ética y respeto, su nombre no será revelado. Pero su historia —la historia de muchos— merece ser escuchada.